El templo, en su sentido más simbólico, representa el orden, la autoridad y las creencias que estructuran una sociedad, independientemente de si uno cree o no su doctrina a nivel personal. Sus puertas, por tanto, son el umbral entre lo sagrado y lo profano, entre lo oculto y lo revelado. Cuando estas puertas caen, lo que se desvela es la fragilidad de los sistemas que creíamos inquebrantables. Y ante esa imagen nos encontramos. Estamos ante la caída de las puertas del templo, es decir, la ritualización de la violencia, la manipulación mediática sin complejos y el uso del poder tecnológico para redefinir la realidad.
En términos straussianos, el templo representa ese orden teológico-político que da sentido a la comunidad. Cuando sus puertas caen, no se destruye solo una estructura, sino el principio mismo que sostiene la legitimidad del poder. La tecnocracia actual intenta sustituir ese fundamento trascendente por la autoridad de los datos. Autores como Nick Land han descrito este tránsito como la llegada de una Ilustración oscura, es decir, la fusión del capital, la técnica y la biopolítica en un poder que ya no necesita legitimarse, solo optimizarse.
El mecanismo para avanzar hacia la tecnocracia es la necesidad de acelerar la concentración de poder, debilitar a la disidencia a través de la conmoción social y así justificar una mayor vigilancia. El asesinato de un alto perfil, como Charlie Kirk —que en el fondo era disidencia controlada, aunque incómoda—, representa el chivo expiatorio. En la película Snake Eyes (1999), un congresista llamado Charlie Kirkland —... leer en Cuaderno de Indias