Entre las paredes de la Quinta del Sordo, Francisco de Goya pintó Saturno devorando a su hijo como encarnación de la autofagia del poder. Lo pintó en 1819, cuando España, y el Imperio Español, sufría las consecuencias de la subordinación de Fernando VII a Napoleón. El rey había rechazado trasladar su corte a América, como le recomendaron sus consejeros, y así salvar el imperio de la desintegración, decisión que sí tomó Juan VI de Portugal salvaguardando la unidad de Brasil. En esencia, Goya supo captar la naturaleza de un poder que, en su afán por perpetuarse, termina por consumir sus propios cimientos.
Dos siglos después, la Unión Europea repite este gesto en clave institucional y geopolítica. El proyecto europeo nació intervenido y ha terminado subordinado a los intereses de la City de Londres y Wall Street. La obra de Goya adquiere así una dimensión profética al revelar una Europa que, como el titán mitológico, devora a sus ciudadanos.
Esta situación se puede describir a través del concepto de posdemocracia del sociólogo Colin Crouch para caracterizar la democracia liberal formal pero vaciada de contenido, leer en Cuaderno de Indias